Arte, experiencia y lo divino

La función del arte es provocar, mediante un objeto o una experiencia externa, una alteración de nuestras emociones: hacer que algo cambie de dirección en nuestro interior, como si nuestros circuitos nerviosos pasaran, de repente, a otro carril. Esto puede lograrse interpelando al yo, con la narrativa —nuestra capacidad de elaborar realidades abstractas— como principal herramienta del discurso.

Cuanto mayor sea nuestra predisposición a esta escucha, más ambiguos pueden ser los significados de esa narrativa. Por el contrario, cuanto menos conscientes seamos de estar ante una experiencia que nos afecta, más directos tendrán que ser los relatos para alcanzarnos.

Así, un espectador habituado al arte puede detenerse durante largos periodos ante una obra con apenas elementos simbólicos y describir su experiencia de manera extensa. Otro puede ver una película entera, llena de estímulos visuales, sonoros y narrativos, por puro entretenimiento y, al terminar, resumirla en cuatro frases. La diferencia no reside únicamente en la cantidad de estímulos, sino también en la disposición de quien los recibe.

Podríamos imaginar como un coeficiente el grado de implicación de nuestros circuitos nerviosos durante esa experiencia. Un sonido muy fuerte o una sensación táctil intensa pueden hacernos «escuchar» el mensaje con mayor atención. Pero también puede hacerlo lo contrario: un estímulo débil allí donde la narrativa nos lleva a esperar uno fuerte. Tanto la intensidad como la ruptura de una expectativa pueden abrir esa escucha.

Hay que entender, por tanto, que esta experiencia sucede en una coproducción dinámica: buena parte de su peso recae en el espectador, y no solo en el objeto contemplado.

Desde este marco, al referirnos al arte de vanguardia, debemos considerar el contexto social en el que se desarrolla. Vivimos en una época en la que los «artistas» producen objetos que buscan provocar estas experiencias en sus clientes. Llegados a este punto, el arte está inevitablemente atravesado por el capital.

Echo en falta aquella idea de sacrificar una vida entera de técnica y esfuerzo para acercarnos a todos a lo divino, aunque fuera mediante una sola obra. Esa es la semilla del arte con la que me identifico: la búsqueda de un bien común, incluso cuando exige dedicar toda una existencia a perseguirlo.

Esto no impide que el artista actual tenga un interés sincero en acercar a otros a esos estados. El juego sigue desarrollándose a través de las narrativas y del yo que cada persona construye en su época, incluso mediante la provocación o la incomodidad: también se puede interpelar al «espectador maduro de arte» con un urinario.

En definitiva, todo puede ser arte si es capaz de generar estas experiencias. Pero yo sigo quedándome con aquella semilla: la que buscaba una unidad en cada uno de nosotros y entre nosotros; la que aspiraba a superar la indolencia de la realidad mediante esa naturaleza divina que habita en nuestro imaginario colectivo.